
Así como la levadura impregna toda la masa, así el pecado destruye por completo una vida, es el causante de destruir la comunión e intimidad con nuestro Creador, razón por la cual uno ya no tiene deseos de orar, de leer la biblia ni de ir a la iglesia, desplazando a Dios del primer lugar que sólo a Él le pertenece.
Se endurece tanto el corazón, que uno deja de ser sensible a su voz y a la guía del Espíritu Santo, porque sólo vive satisfaciendo los deseos de la carne que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas. Pero no debemos olvidar que la Biblia dice que quienes practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Gálatas 5:21 (RVR1960)
A pesar de que todos los días somos propensos a pecar necesitamos recordar que ya no somos las mismas personas y que no podemos seguir viviendo de la misma manera, porque Cristo vive en nosotros y cada vez que cedemos a la tentación, no sólo damos un mal testimonio sino que también contristamos al Espíritu Santo a quien le impedimos obrar libremente en nosotros.
En Efesios 4:22-24 tenemos la siguiente recomendación: “Desháganse de su vieja naturaleza pecaminosa y de su antigua manera de vivir, que está corrompida por la sensualidad y el engaño. En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes. Pónganse la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios, quien es verdaderamente justo y santo”.
Todos los días necesitamos pedirle al Espíritu Santo que nos ayude y nos de la convicción de los pecados que cometemos, para que ese mismo momento nos arrepintamos de nuestro mal proceder y le pidamos perdón a Dios, comprometiéndonos a no volver a hacerlos. Sólo siendo guiados por Él y obedeciéndolo es que podremos agradar a Dios, amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos; ser pacientes y amables, confiar en nuestro Padre Celestial, ser humildes y saber controlar nuestros malos deseos.
Si vivimos pensando en todo lo malo que nuestros cuerpos desean, quedaremos separados de Dios porque sin santidad nadie podrá verlo.







