"Me hizo sacar [...] del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña". | Leer: Salmo 40.1-5

¡Estábamos totalmente atascados! Mientras ponía unas flores en la tumba de mis padres, mi esposo corrió el auto para dejar pasar a otro. Había llovido durante semanas y el área del estacionamiento estaba inundada. Cuando quisimos irnos, descubrimos que el coche estaba atascado. Las ruedas giraban en el barro y se hundían cada vez más.

La única salida era empujarlo, pero mi esposo tenía dañado el hombro y yo acababa de salir del hospital. ¡Necesitábamos ayuda! A lo lejos, vimos a dos jóvenes, los cuales respondieron alegremente a mis gritos y señas frenéticas. Felizmente, la fuerza de ambos puso de nuevo al automóvil en el camino.

El Salmo 40 revela la fidelidad de Dios cuando David clamó pidiendo ayuda: «Pacientemente esperé al Señor, [...] y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso» (vv. 1-2). Ya sea que este salmo se refiera a un pozo literal o a circunstancias desafiantes, David sabía que siempre podía acudir al Señor para que lo librara.

Dios también nos ayudará cuando lo invoquemos. A veces, interviene en forma directa, pero lo más habitual es que lo haga a través de otras personas. Cuando reconocemos nuestra necesidad delante de Él (y quizá delante otros), podemos contar con su fidelidad.

La esperanza llega con la ayuda de Dios y la de los demás.

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