
“Y he aquí un intérprete de la ley se
levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la
vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél,
respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con
toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu
prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y
vivirás.” Lucas 10:25-28 (RVR 1960)
Un mensaje claro y sin confusión. Amar a
Dios sobre todas las cosas y con todo nuestro ser, es nuestro primer
mandamiento. Pero el Señor nos habla de alguien más al que debemos amar,
y si Dios nos manda hacerlo, es porque para Él es muy importante.
¿Sabes de quién se trata? De tus padres, hijos, hermanos, amigos que
conviven contigo, de aquel que te encuentras pidiéndote algo cuando vas
por las calles y te extiende su necesidad. Estoy seguro que El Rey bien
puede con su grande y poderosa diestra darle a ese ser más de lo que
nosotros le podemos dar pero el anhelo de su corazón es ver realmente
realizado su amor en ti, en mí, en todos aquellos que hemos sido
beneficiarios de ese amor.
Cuando Él nos manda a amar al prójimo
como a nosotros mismos, es porque Él quiere dar su amor a través
nosotros. “Jesús dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó
en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron
dejándole medio muerto.” Lucas 10: 30 (RVR 1960)
Esa es la condición en la que el Señor
un día nos encontró, hemos venido a Él heridos, hambrientos, muertos
espiritualmente por todos los pecados y la inmundicia que teníamos, así
estábamos; sin embargo Él no pasó de largo, como aquel sacerdote y
levita que descendían por aquel camino y al verlo no se detuvieron a
ayudarlo. El fue ese samaritano que iba de camino, se acercó a él, y
viéndole fue movido por misericordia, y acercándose vendó sus heridas
echándoles aceite y vino y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al
mesón y cuido de él. Lucas 10:31-34 (RVR 1960)
Esto nos enseña el Señor, que nosotros
también debiéramos hacer lo mismo. Nada nos cuesta a nosotros compartir
las buenas nuevas de Jesús, llevar una palabra de aliento, dar un
abrazo, conceder a otros el favor que con apuro y prisa nos piden. Solo
requiere de nosotros abrir nuestra boca y ponernos en manos del Espíritu
Santo para que nos use como un instrumento suyo.
¿Ya sabes que regalar en estas fiestas
de fin de año? Estoy seguro que encontrarás muchas personas heridas en
el camino que aun no conocen a Jesús, ni disfrutan de sus bendiciones
como tú.
Tu familia, amigos, compañeros de
trabajo y otros seres queridos pueden ser esas personas que necesitan
conocer a Dios. Aprovecha cada oportunidad que tengas, para compartir y
mostrar el amor de Dios.
¡En estas fiestas comparte a Jesús!







