Muchos de nosotros hemos cometido errores en nuestras vidas, decisiones que nos han llevado a tener que enfrentar fuertes consecuencias.
Mientras Jesús estaba sentado y enseñaba, los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.(Juan 8:11)
La mujer adúltera vivía de una manera desordenada y cuando la encontraron pecando, tenía que recibir un castigo, la ley de Moisés decía que debería ser apedreada, pero Jesús actuó de manera diferente. No es que el Maestro haya pasado por alto el pecado de esta mujer, sino que actuó con gracia (algo inmerecido) para que ella pudiera tener una segunda oportunidad.
Todos nos equivocamos pero por la gracia de Dios tenemos la puerta del perdón para comenzar nuevamente con la debida precaución de aprender y ser más conscientes de nuestras acciones.
Dios no nos condena pero nos pide que no pequemos más, pues el perdón no sólo nos limpia sino que también nos llena de gratitud y amor a Dios.
¿Estás listo/a para aprovechar tu segunda oportunidad? Tómala ahora, porque Dios siempre está dispuesto a perdonarte.
“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.” Salmos 32:5

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