
Pedro, un hombre que trabajaba en la Iglesia, hablaba de cómo su amada nietita le inspiraba, le daba fuerzas para continuar a pesar del cansancio y las dificultades. Esa niñita era su “motor” de vida. Un día la pequeña enfermó gravemente a raíz de una reacción alérgica producida por la administración de una vacuna.
Este hombre vio literalmente desplomarse toda su vida. La niña estuvo muy delicada hasta que por fin, se dieron cuenta de cuál había sido el error a través de una sola pregunta: ¿Quién o qué está primero en nuestra vida?
Esa pequeñita que había nacido producto de un milagro, pues varios médicos la daban por perdida, había acaparado prácticamente toda la atención de su abuelito; se había convertido en el centro de su vida, cuando ese lugar le pertenece única y exclusivamente a nuestro Creador. Había hecho de un milagro de Dios, un objeto de adoración.
Erróneamente creemos que el servicio que estamos dando o la oración que estamos haciendo pone a Dios en el primer lugar, cuando en realidad no es así.
La niña se había convertido en el motivo de inspiración, centro de atención y adoración de casi toda la familia. Cuando Pedro reconoció que quien merecía el primer lugar en su vida era Dios, pudo poner a su nieta en manos de su Padre Celestial, reconoció su supremacía y fue testigo nuevamente de otro milagro, porque la niña sanó.
Muchas veces, la bendición es tan grande o tan ansiosamente esperada, que se nos olvida que no es el objeto de adoración, sino Dios, quien abrió las puertas de los cielos, quien quiso bendecirnos e hizo milagros en nuestra vida. Hemos estado convirtiendo el milagro de Dios en un altar de adoración, cuando ese lugar le corresponde única y exclusivamente a Él.
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.” Marcos 12:30
Seamos cuidadosos y pongamos nuestra mirada en quien nos da la bendición y no en el milagro. Pues si algo tenemos es gracias a Dios.







