Arun Gandhi, en cierta oportunidad, compartió la siguiente historia: Yo tenía 16 años y junto a mis padres vivíamos en las afueras de la ciudad. Estábamos bien al interior del país y no teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas y a mí  siempre nos entusiasmaba el poder ir a la ciudad a visitar amigos o ir al cine.
Un día mi padre me pidió que lo llevara a la ciudad para asistir una conferencia que duraba el día entero y yo aproveché esa oportunidad. Como iba a la ciudad, mi madre me dio una lista de cosas del supermercado que necesitaba y como iba a pasar todo el día en la ciudad, mi padre me pidió que me hiciera cargo de algunas cosas pendientes, como llevar el auto al taller.
Cuando me despedí de mi padre él me dijo: Nos vemos aquí a las 5 p.m. y volvemos a la casa juntos.
Después de completar muy rápidamente todos los encargos, me fui hasta el cine más cercano. Me concentré tanto en la película, una película doble de John Wayne, que me olvidé del tiempo.Eran las 5:30 p. m. cuando me acordé. Corrí al taller, conseguí el auto y me apuré hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las 6 p.m.
Él me preguntó con ansiedad:
- ¿Por qué llegas tarde?.
Me sentía mal por eso y no le podía decir que estaba viendo una película de John Wayne; entonces le dije que el auto no estaba listo y tuve que esperar… esto lo dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.
- Algo no anda bien en la manera como te he criado, puesto que no te he dado la confianza de decirme la verdad. Voy a reflexionar que es lo que hice mal contigo. Voy a caminar las 18 millas a la casa y a pensar sobre esto.
Así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta la casa por caminos que no estaban ni pavimentados ni alumbrados. No lo podía dejar solo… así que yo conduje el auto 5 horas y media detrás de él… viendo a mi padre sufrir la agonía de una mentira que yo había dicho.
Decidí desde ahí que nunca más iba a mentir.
En muchas ocasiones para salir del apuro hemos dicho una mentira, al igual que este joven, sin darnos cuenta que dañamos a la persona  a la que hemos mentido.
Uno de los mandamientos que Dios nos ha dado es “no mentiras” y varias veces hemos sido tentados en romper este mandamiento, pensando que será lo más sencillo,  sin saber que esto puede traer muchos problemas.
Pero la mentira es como el ajo, cuando lo masticas  su olor se desprende de tu boca cuando la abres y te sientes incomodo. Pruebas de todo para sacar ese mal olor pero no sale con nada, permanece ahí siempre y eso afecta a todas las personas que hablan contigo. Así es la mentira, cuando tú no dices la verdad tu conciencia está ahí para recriminarte tu falta, pues al mentir puedes dañar a otra persona.
El mejor método para quitarte ese mal olor es la confesión, confesar a Dios tu mentira y pedirle  perdón a Él y a la persona a la que le has mentido, sólo así podrás sentirte limpio  y,  de ahora en adelante,  a pesar de que puedas meterte en problemas asume tu responsabilidad y di la verdad.
“Guarda tu lengua del mal, Y tus labios de hablar engaño”. Salmos 34:13 (RVR1960)

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